Tuesday, March 29, 2016

Cerrando CICLOS.

CERRANDO CICLOS.

 Algunas personas piensan que aferrarse a las cosas les hace más fuertes, pero a veces se necesita más fuerza para soltar que para retener. - Hermann Hesse



En la foto con Glaç (Isaac Durán y Belinda)
Penúltimo show en el Racó de la Pili



   Dejar El club de la lucha emocional es una decisión meditada. 
Es sólo eso, una decisión. 
La vida sigue y todos debemos marcar 
una especie de tiempo emocional 
para ver las cosas desde cierta pesrpectiva. 
Ahora me toca a mí.
   Sólo comentar que como experiencia ha sido brutal, 
gratificante, 
única. 
De hecho, se ha convertido en una especie de aprendizaje del compartir lo íntimo.
   Casi todos los recuerdos que me llevo son buenos, únicos e irrepetibles. 
Como pequeños fragmentos fotográficos del alma... 
un alma compuesta por la extraordinaria creatividad y pasión 
de toda la gente que ha compartido minutos 
arriba del escenario que porponíamos en cada show...
   Isacc, Iván, Belinda, Enery, Carmen, Alfons, Luis. 
Marta, Raquel, Pilar, Luna, Nebur, Inma, 
Felipe, Cristina, Francesc, Natalia, José, Lucía, Sergi... 
gracias por la inspiración, 
por la dedicación y por la infinita ternura 
que habéis aportado a este proyecto... 
a toda la gente que nos ha cedido su espacio para tocar, 
a toda la gente que ha invertido tiempo en ver nuestra propuesta, 
diferente en cada show...





 

Brindis (para "El club de la lucha emocional")

Qué los poetas tengan
buena noche
sin abismos ni desiertos
y los versos
sueñen paisajes infinitos,
y sus sombras, jueguen
con la luna y sus misterios. 
 
(Mario Ortiz)
 
 

LAS GUERRAS ÍNTIMAS

LAS GUERRAS ÍNTIMAS
Poema de Vara publicado en revista Excodra nº 29: LA GUERRA.




Las guerras íntimas

José Manuel Vara


Las guerras íntimas se iniciaron
con los disparos de metralla desde tu boca
generando reproches que comprendían
una infinita gama de negros y grises,
salpicados de tonos de desesperanza,
rabia, ira y, ocasionalmente, fracaso personal…

Ira como detonante,
Violencia que vendieron como nacida de la nada,
agresividad innata como segunda piel,
corazones desgarrados por las fiebres de la ira,
una ira despótica como pedregada desbocada
en infierno de tempestades emocionales;
el fragor de la batalla antes de una ruptura
el silencio atroz tras la derrota del amor,
sangre derramada en urinarios de suicidas,
semen acumulado en desagües oxidados
tras la muerte de la pasión;

estandartes ennegrecidos sobre suelo marchito
de habitación violenta,
arrebato de ira que nos contaminó
con el virus del sufrimiento visceral,
irreversiblemente destructivo
como voz rota de viejo cantante de jazz
consumido por la heroína…
y, de fondo, los graznidos omnipresentes
de los cuervos,
ciñéndose estrictamente al guión,
guión escrito por un demonio menor
borracho de ira malsana,
esa violencia subliminal que arrasó
universos infinitos de ternura
donde la rabia mutó en arma de combate cuerpo a cuerpo,
encarnecido y sofisticado en crueldad.

Rabia como odio,
ese odio que es una palabra breve,
pero dolorosa,
una consonante criminal
y tres vocales hirientes,
desgarradoras…

(y una de ellas repetida con orgullo)

Odio es más que un concepto,
es una áspera emoción,
que se cuaja como clavos oxidados
en el epicentro del corazón.

Odio es alambre de espinos,
es campo de concentración,
quirófano de miedos
y quimioterapia inútil
frente a tumor emocional.

Odio es una palabra breve,
casi como un suspiro.

Odio es rabia egoísta
y frustración narcisista.
Odio es dependencia enfermiza,
celotipia afectiva,
lujuria de crueldades
engendradas en manicomios de angustia
y de dolor.

El odio enciende las hogueras
de la nueva Inquisición:
Es una áspera emoción,
que se cuaja como clavos oxidados
en el epicentro del corazón.

El odio enciende las hogueras
de la nueva Inquisición,
aquella que nos devora por dentro
y nos amamanta como psicópatas
de feria ambulante
en suburbio infectado
por el virus de la mediocridad,
que fue creado en laboratorios de lujo
bajo la sombra de enormes fortunas
de tipos que se creen mejor que tú.

Odio es una puta del alma.

Odio es básicamente rabia,
y una palabra envenenada
en el cerebro de un francotirador.

Y el FRACASO EMOCIONAL como conclusión inevitable
de esa contienda absurda
por mantener ese delirante status
de poseedores de la verdad absoluta,
que tanto daño nos hace,
nos hizo,
nos hará,
invariablemente, hacia dentro,
en lo más profundo de nuestras emociones,
que conservábamos en tarros de cristal
impregnados de soluciones de formol,
resguardando esa esencia de inocencia de niño,
que sólo usábamos en los momentos de dolor
más extremo.

Extremo como el uso de toda tu artillería pesada
contra desprotegido corazón,
blindado únicamente por venas cansadas de serlo
y arterias heridas en su orgullo,
aquél que nunca, tal vez, tuvieron…

Y los misiles tierra-aire diezmando, inmisericordes
(todo en las guerras íntimas lo es)
las escasas ganas que teníamos de luchar
“por salvar lo nuestro”.

Nuestro,
pronombre posesivo de primera persona del plural.

Gramática ausente de sentimientos, afectos y emoción,
gramática apocalíptica,
gramática fría como balas perdidas,
disparadas en la lejanía del olvido
por francotirador
mutilado de afectos,
(afectos que devienen en odio
y el Odio que es básicamente rabia,
y, además, una palabra envenenada en su cerebro,
que soporta un viejo lastre)
con pesada mochila de carencias afectivas,
mochila cosida literalmente a su espalda,
más allá de la ominosa percepción del dolor:

Ese dolor extremo,
extremo como este proyecto de guerra íntima
que iniciamos aquel atípico mes de junio,
seis meses después de la muerte de nuestro único hijo
en aquel absurdo accidente de tráfico,
accidente que nos condenó
(a la rabia infinita y)
al infierno de una vida vacía,
y al coma auto-inducido del reproche infinito,
que busca otro culpable que no sea uno mismo,
por una vez,
por un instante,
por un segundo,
ese culpable que no sea yo:
pronombre personal de primera persona del singular.

Wednesday, March 16, 2016

LAS GUERRAS ÍNTIMAS.

LAS GUERRAS ÍNTIMAS

Viaje en tren.
A veces, sorprende la inspiración que llega furiosa y violenta, como este poema escrito para la revista Excodra, de Rubén Darío Fernández:"Las guerras íntimas".


















LAS GUERRAS ÍNTIMAS

José Manuel Vara

   Las guerras íntimas se iniciaron
con los disparos de metralla desde tu boca
generando reproches que comprendían
una infinita gama de negros y grises,
salpicados de tonos de desesperanza,
rabia, ira y, ocasionalmente, fracaso personal…

Ira como detonante,
Violencia que vendieron como nacida de la nada,
agresividad innata como segunda piel,
corazones desgarrados por las fiebres de la ira,
una ira despótica como pedregada desbocada
en infierno de tempestades emocionales;
el fragor de la batalla antes de una ruptura
el silencio atroz tras la derrota del amor,
sangre derramada en urinarios de suicidas,
semen acumulado en desagües oxidados
tras la muerte de la pasión;
estandartes ennegrecidos sobre suelo marchito
de habitación violenta,
arrebato de ira que nos contaminó
con el virus del sufrimiento visceral,
irreversiblemente destructivo
como voz rota de viejo cantante de jazz
consumido por la heroína,
y, de fondo, los graznidos omnipresentes
de los cuervos,
ciñéndose estrictamente al guión,
guión escrito por un demonio menor
borracho de ira malsana,
esa violencia subliminal que arrasó
universos infinitos de ternura,

donde la rabia mutó en arma de combate cuerpo a cuerpo,
encarnecido y sofisticado en crueldad;
Rabia como odio,
ese odio que  es una palabra breve,
pero dolorosa,
una consonante criminal
y tres vocales hirientes,
desgarradoras
(y una de ellas repetida con orgullo)
Odio es más que un concepto,
es una áspera emoción,
que se cuaja como clavos oxidados
en el epicentro del corazón.
Odio es alambre de espinos,
es campo de concentración,
quirófano de miedos
y quimioterapia inútil
frente a tumor emocional.
Odio es una palabra breve,
casi como un suspiro.
Odio es rabia egoísta
y frustración narcisista.
Odio es dependencia enfermiza,
celotipia afectiva,
lujuria de crueldades
engendradas en manicomios de angustia
y de dolor.
El odio enciende las hogueras
de la nueva Inquisición,
es una áspera emoción,
que se cuaja como clavos oxidados
en el epicentro del corazón.
Odio es alambre de espinos,
es campo de concentración,
quirófano de miedos
y quimioterapia inútil
frente a tumor emocional.
Odio es una palabra breve,
casi como un suspiro.
Odio es rabia egoísta
y frustración narcisista.
Odio es dependencia enfermiza,
celotipia afectiva,
lujuria de crueldades
engendradas en manicomios de angustia
y de dolor.
El odio enciende las hogueras
de la nueva Inquisición,
aquella que nos devora por dentro
y nos amamanta como psicópatas
de feria ambulante
en suburbio infectado
por el virus de la mediocridad,
que fue creado en laboratorios de lujo
bajo la sombra de enormes fortunas
de tipos que se creen mejor que tú.
Odio es una puta del alma.
Odio es básicamente rabia,
y una palabra envenenada
en el cerebro de un francotirador.

Y el FRACASO EMOCIONAL como conclusión inevitable
de esa contienda absurda
por mantener ese delirante status
de poseedores de la verdad absoluta,
que tanto daño nos hace,
nos hizo,
nos hará,
invariablemente, hacia dentro,
en lo más profundo de nuestras emociones,
que conservábamos en tarros de cristal
impregnados de soluciones de formol,
resguardando esa esencia de inocencia de niño,
que sólo usábamos en los momentos de dolor
más extremo.
Extremo como el uso de toda tu artillería pesada
contra desprotegido corazón,
blindado únicamente por venas cansadas de serlo
y arterias heridas en su orgullo,
aquel que nunca, tal vez, tuvieron…
y los misiles tierra-aire diezmando, inmisericordes

   (todo en las guerras íntimas lo es)

   las escasas ganas que teníamos de luchar
“por salvar lo nuestro”.
Nuestro,
pronombre POSESIVO de primera persona del plural.
Gramática ausente de sentimientos, afecto y emoción,
gramática apocalíptica,
gramática fría como balas perdidas,
disparadas en la lejanía del olvido
por francotirador
mutilado de afectos,

   (afectos que devienen en odio
   y el Odio que es básicamente rabia,
   y, además, una palabra envenenada en su cerebro,
   que soporta un viejo lastre )

con pesada mochila de carencias afectivas,
mochila cosida literalmente a su espalda,
más allá de la ominosa percepción del dolor,

ese dolor extremo.
Extremo como este proyecto de guerra íntima
que iniciamos aquel atípico mes de junio,
seis meses después de la muerte de nuestro único hijo
en aquel absurdo accidente de tráfico,
accidente que nos condenó

   (a la rabia infinita y )
  
   al infierno de una vida vacía,
y al coma auto inducido del reproche infinito,
que busca otro culpable que no sea uno mismo,
por una vez,
por un instante,
por un segundo,
ese culpable que no sea yo,
pronombre personal de primera persona del singular.